Cerca.
El auto se detuvo frente a la cabaña, envuelta por el murmullo tenue de los árboles y el crepitar distante de las ramas secas. Isabella soltó lentamente el volante, sus dedos temblorosos revelaban más de lo que estaba dispuesta a decir. Estaba a punto de abrir la puerta cuando escuchó su voz, baja, cargada de algo más fuerte que la simple súplica.
—Isabella… —susurró Dante.
Ella se giró hacia él.
La manera en que la miraba la desarmaba: como si fuera lo más perfecto que había visto, como si su