Quebradizo.

Dante se encontraba solo, a unos metros del borde del muelle, con la chaqueta aún abierta como si no pudiera cerrarse ni contra el frío ni contra el dolor. Había huido de la cabaña justo después de la breve y amarga discusión con Isabella durante el desayuno. No había gritado. Ni ella. Pero las palabras que no se dijeron eran las que más dolían. Y ahora estaba allí, intentando engañarse, queriendo convencerse de que la distancia curaría lo que el corazón se negaba a enterrar.

Se acercó al baran
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