Desmoronarse.
El reloj marcaba las 2:17 p.m.
La televisión murmuraba en el fondo, proyectando luces parpadeantes sobre el rostro inquieto de Isabella, que estaba sentada en el sofá sin realmente ver lo que pasaba en pantalla.
Sus dedos tamborileaban contra su muslo, una señal clara de ansiedad. Al otro lado del salón, Lorenzo seguía hablando en voz baja, terminando la videoconferencia que llevaba horas consumiéndole.
Isabella se obligaba a no mirar su celular. Cada segundo que pasaba sin noticias de Dante se sentía como una punzada directa al pecho. Quería llamarlo. Necesitaba llamarlo. Pero con Lorenzo tan cerca, husmeando, aunque no lo pareciera, no se atrevía.
Un par de minutos después, Lorenzo colgó una llamada entrante y giró hacia ella con una expresión neutra.
—Bueno —dijo, rompiendo el silencio—. Al parecer tu madre y mi hija decidieron quedarse a dormir en casa de una de esas amigas de ella.
—No me sorprende —respondió Isabella, arqueando una ceja—. Mi madre es una completa locura cuando