Te odio.
—Buenas noches… ¿usted es el tío de Dante? — preguntó Cristian, en cuanto vio que un hombre de porte distinguido bajaba de un elegante auto negro.
El brillo metálico del coche relucía bajo las luces tenues del estacionamiento del bar.
—Sí. Lorenzo Santoro —respondió el hombre, extendiéndole la mano con una firmeza propia de alguien que estaba acostumbrado a mandar, no a pedir permiso.
Apenas lo saludó, Lorenzo giró el rostro hacia el interior del lugar y llamó con voz seca:
—Jair.
El capataz, que estaba a unos metros, se volvió de inmediato.
—Tráelo —ordenó, señalando con un gesto a Dante, quien se encontraba derrumbado sobre una mesa como un náufrago aferrado al último pedazo de dignidad.
Jair asintió sin decir nada y caminó hacia él.
Lorenzo volvió a enfocar a Cristian, con el ceño apenas fruncido.
—Espero que no haya causado demasiados problemas.
—Para nada —respondió Cristian, echando un vistazo hacia el fondo donde Jair ya intentaba levantar a Dante, que murmuraba incoherencias