Al día siguiente, Emma se preparaba para regresar a su trabajo; pues sabía que el quedarse un poco más no sería la mejor idea. Entonces, de pronto, la puerta de su habitación se abrió y por está apareció Luisa.
—Buenos días querida —la saludo con su habitual amabilidad.
—Buenos días, Luisa. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarle? —le preguntó, mostrándose de igual manera accesible.
—En realidad así es, quería pedirte un favor —acepto, acercándose a ella.
—Dígame de lo que se trata y si está en mis