Antes de que me dé la oportunidad de responder, mi madre acaba la llamada.
Dejo caer el móvil sobre la mesa, sintiéndome derrotada.
Las lágrimas de rabia pican tras mis párpados y tengo que tomar una gran respiración, para no echarme a llorar.
No la necesito en mi vida. He estado bien sin ella desde que dejó de intentar moldearme a su imagen y semejanza. Desde que logré huir de su poder absurdo. Pero, aún así, sigue siendo mi madre y, por mucho que lo odie, sigue afectándome de alguna forma.