23.2

Abro los ojos, adolorido. El techo forrado de gris del auto es lo primero que veo.

Gruño entre dientes y me acomodo de manera incómoda en el asiento del copiloto.

—¿Te encuentras bien?

Me froto los ojos irritados y cansados. La cara me duele, pero el dolor es bienvenido. Es un gozo enfermizo que me recuerda donde he llegado.

Observo a Carter conducir, él no tiene mejor aspecto que yo; ojeroso, despeinado, desarreglado. Damos una pinta espantosa.

—Sí — grazno —. ¿Cuánto dormí?

—No más de ve
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