Abro los ojos, adolorido. El techo forrado de gris del auto es lo primero que veo.
Gruño entre dientes y me acomodo de manera incómoda en el asiento del copiloto.
—¿Te encuentras bien?
Me froto los ojos irritados y cansados. La cara me duele, pero el dolor es bienvenido. Es un gozo enfermizo que me recuerda donde he llegado.
Observo a Carter conducir, él no tiene mejor aspecto que yo; ojeroso, despeinado, desarreglado. Damos una pinta espantosa.
—Sí — grazno —. ¿Cuánto dormí?
—No más de ve