Capítulo 30. Orgamos en el Mausoleo de Seda III
El silencio de la habitación era denso, casi tangible, roto únicamente por el tictac lejano de un reloj de pared y el susurro de la seda contra la piel. Habían dormido apenas unas horas, un descanso pesado que los había dejado en un limbo de sábanas enredadas. Bajo las mantas, Eleanor sintió la realidad biológica de la mañana: Julian estaba despierto mucho antes que su mente. Su cuerpo manifestaba una virilidad indomable; su miembro, una columna de sangre y fuego, presionaba contra el muslo de