Capítulo 86. La muerta viva
Julian no lo pensó. No había rastro del hombre metódico y elegante que solía ser; solo quedaba el animal herido. La puerta cedió bajo su peso con un estruendo de madera astillada que desgarró el silencio viciado de la casa. Subió las escaleras de dos en dos, impulsado por un instinto primario, con el arma fundida a su mano y la visión teñida por una neblina de furia roja.
Al llegar al umbral de la habitación, el universo se detuvo. El tiempo se estiró hasta volverse una masa irreal y asfixiante