Capítulo 19. Un Jardín Expuesto
Eleanor dejó la taza vacía sobre la mesa de noche. Sus dedos aún temblaban, un eco residual de la tormenta que ella misma había provocado en su cuerpo bajo el agua. Se desplomó sobre las sábanas de seda, que se sentían como caricias gélidas contra su piel febril. El agotamiento de la enfermedad, sumado al vacío devastador que deja un orgasmo de esa magnitud —aquella pequeña muerte que la había dejado desprovista de defensas—, la arrastró hacia el abismo. Se quedó dormida así, desnuda y desarmada, con las piernas aún entumecidas y el aroma de su propia excitación mezclándose con el vaho que escapaba del baño, creando una fragancia almizclada y femenina que impregnaba el aire.
No supo cuánto tiempo pasó. El sueño fue un túnel denso donde las imágenes de Julian —sus manos toscas, su barba rozando su cuello, su embestida implacable— se repetían como una cinta sin fin, quemando su subconsciente.
Sin embargo, el silencio de la habitación no era absoluto. La pesada puerta se abrió sin un so