Capítulo 18. Réplicas del Abismo
El vapor en el cuarto de baño era tan denso que Eleanor apenas podía ver el techo, pero sus ojos estaban cerrados, huyendo de las paredes de mármol para regresar a la cabaña. El agua caliente quemaba su piel, pero para su mente, ese calor no era el de la tina; era el calor de la piel de Julian contra la suya, una hoguera humana que la había mantenido viva en medio de la tormenta.
Se hundió un poco más, permitiendo que el agua le llegara hasta la barbilla. Un escalofrío, que esta vez no tenía nada que ver con la fiebre, recorrió su columna vertebral.
Cerró los ojos con fuerza y, de repente, ya no estaba en la metrópoli. Estaba allí, sobre el suelo de madera crujiente, envuelta en el olor a pino, pólvora y deseo. Recordó la aspereza de las manos de Julian, manos que sabían empuñar un hacha pero que, al recorrer sus muslos, tenían la delicadeza de quien toca un tesoro prohibido.
Visualizó su cuerpo: esa musculatura tensa. Recordó el peso de él sobre ella, la forma en que su pecho ancho l