La sorpresa de Sophia fue instantánea. Su cuerpo se tensó, pero no tardó más de un segundo en reaccionar. Sin pensar en las consecuencias, lo empujó con todas sus fuerzas, logrando separarse de él. La furia quemaba en sus ojos mientras se limpiaba los labios con la manga de su disfraz, completamente asqueada por la invasión. Gabriel, lejos de amedrentarse, sonrió con una soberbia que sólo logró encender aún más su enojo.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —espetó Sophia, su voz cargada de