El mediodía tenía ese sol oblicuo y amable de los días frescos, el tipo de luz que acaricia sin quemar. Sophia caminaba por la vereda con paso sereno, el abrigo liviano colgándole del brazo adornaba su extremidad. Ya eran los últimos días de fresco, y octubre se acercaba a pasos agigantados. El sólo recuerdo de la Noche de Brujas le cerraba el estómago a la escritora. Había elegido el lugar del almuerzo con cuidado: un café-bistró con mesas en la vereda y platos simples, casi caseros. A John le