La cena había sido buena. Nada extraordinario, nada fuera de lo habitual. Lentejas con arroz, pan casero, una copa de vino tinto que Sophia tomó despacio. Gabriel había llegado con una torta helada y una actitud más dulce que de costumbre. Parecía cómodo, incluso relajado, como si estuviera verdaderamente en casa. Y quizás, pensó Sophia, lo estaba.
Después de cenar se quedaron hablando en el sofá, con la lámpara encendida sobre la mesita baja y el perro dormido a los pies de ella. Rex apenas se