El portón del club se cerró detrás de Castor con un chirrido metálico que le pareció más largo de lo habitual. El aire tenía ese olor espeso que deja el pasto recién regado mezclado con sudor y desinfectante barato. La tarde estaba oscura, aunque no llovía. Aún.
Caminó unos pasos con el bolso colgado al hombro, los botines golpeándose entre sí como campanas mudas. Tenía el cuello empapado de transpiración y el vendaje de la rodilla le apretaba más de lo que debía. Lo notó tarde. Como todo últim