El sol de las siete de la mañana en Miami no era cálido; era abrasador, como si el clima mismo intentara purgar la tensión que flotaba sobre la ciudad. En la suite principal de la mansión Blackwood, Camila no lloraba. Las lágrimas eran un lujo que no podía permitirse desde que la carta con la cruz roja había aparecido bajo su puerta. En su lugar, había una precisión quirúrgica en cada uno de sus movimientos.
Se puso un traje sastre de seda color crema, impecablemente cortado, con hombreras que