La noche había pasado como un sueño sin pesadillas. Por primera vez en dos años, Alexander Blackwood no había despertado gritando, ni buscando la manta que le recordara el frío de la soledad. Se despertó con el calor vivo, real y suave de Camila a su lado.
El sol de Miami, filtrándose a través de los ventanales blindados del penthouse, no era ya una luz cruel que revelaba su desorden, sino una suave promesa. El mármol frío del suelo y el cromo pulido de la suite de Alexander habían sido sustitu