El aire salado de South Beach olía a cemento viejo y a la promesa de tormenta. Alexander Blackwood se quedó inmóvil junto al memorial improvisado de Isabella, sintiendo el doble golpe del dolor: la culpa de su ira y la traición de Julian Reed.
Camila no lo forzó. Simplemente se quedó a su lado, sosteniendo su mano como el único cable de tierra entre él y el abismo.
—Tu orgullo fue el coche, Alexander —dijo ella, su voz apenas un susurro frente al rugido del mar—. Y Julian lo sabía.
Alex cerró l