La semana había sido una tormenta de exámenes, libros subrayados, cafés fríos y lecturas interminables. Maribel apenas había dormido, y cuando lo hacía, soñaba con códigos civiles que se mezclaban con cuerpos desnudos, con miradas azules que la perseguían y con una silueta enmascarada que bailaba en un escenario de luces rojas.
Pedro Juan no había dejado de escribirle. Mensajes breves, cargados de deseo y frustración. A veces dulces. A veces desesperados. Pero ella se mantuvo firme. Si bien su