Pedro Juan volvió al apartamento con el cuello ligeramente húmedo por la lluvia fina y el peso del cansancio en la espalda.
No esperaba verla aún despierta.
Pero tampoco esperaba lo que encontró.
Nada.
Ni su bolso.
Ni su peluca roja sobre la silla.
Ni sus zapatos desordenados junto al sofá.
Ni el leve olor a perfume dulce que solía quedarse como un susurro en el aire.
Solo un par de sábanas frías y las llaves sobre la almohada.
Frunció el ceño.
El corazón le dio un leve salto.
No de pánico.
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