El eco de mis tacones contra el suelo de mármol del vestíbulo del ático fue el primer anuncio de mi victoria. Traía el acta de conformidad del Banco Central, firmada y sellada por Arthur Pendelton, guardada en mi carpeta de cuero negro como un trofeo de guerra contable. Había puesto de rodillas a la junta reguladora de Wall Street yo sola, sin una sola fisura en mis ecuaciones y sin la sombra protectora de mi jefe.
Carter me esperaba de pie en medio del salón principal redecorado. Se había quit