La rejilla metálica de la panadería de mi padre no cedió.
El chasquido seco del cerrojo interior resonó en el callejón de la calle San Justo como una sentencia judicial irrevocable.
Golpeé la madera vieja con la palma de la mano, sintiendo que el lino azul marino de mi saco se impregnaba del polvo de los adoquines.
—¡Papá! ¡Abre la puerta! —le grité, con la voz quebrada por el cansancio físico de una madrugada que me había devorado las variables—. Tengo a Analía en el cochecito, papá. ¡Déjano