El murmullo de la tormenta de nieve contra los inmensos ventanales se transformó en un zumbido blanco, sordo, que terminó por aislar el penthouse del resto del mundo. Por primera vez en meses, el silencio que se instaló en el apartamento no se sentía como la tregua tensa de un tablero de ajedrez, sino como una pausa real. La calidez de la madera clara y el aroma a vainilla que Carter había traído del pasado parecieron ablandar, por fin, las armaduras que nos habían estado asfixiando.
Dejamos lo