El calor húmedo del mediodía de San Juan nos golpeó con la fuerza de un impacto físico en cuanto cruzamos las puertas automáticas de cristal del Hospital Presbiteriano.
El aire de la calle apestaba a asfalto caliente, a combustible y a ese salitre denso del Atlántico que ahora se me pegaba a la piel como el remordimiento de una quiebra absoluta.
Mis pasos eran torpes, lentos, arrastrados sobre las losas de la acera. Sentía las marcas de los dedos de Carter ardiendo en mis costados bajo la sed