Mis dedos temblaban tanto que me costó tres intentos encajar el primer botón de mi blusa de seda blanca.
Tenía la piel encendida, sensible al más mínimo roce de la tela, y las marcas rojas de las manos de Carter en mis costados se sentían como un recordatorio físico y violento de mi total capitulación.
Me miré en el espejo del tocador colonial, con el labio inferior aún hinchado por sus besos hambrientos y la mirada completamente desprovista de la gélida suficiencia de Wall Street.
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