El olor a antiséptico y cloro de la sala de espera del Hospital Presbiteriano del Condado se me pegó a la garganta como un pasivo indeseado.
Las luces fluorescentes del techo titilaban con un zumbido sordo que me taladraba las sienes.
Me encontraba sentada en un banco de metal galvanizado, con las rodillas pegadas al pecho y las manos cubiertas por los restos de harina que aún quedaban en las mangas de mi sastre de lino azul marino.
Carter permanecía a mi lado. Su anatomía alta y musculosa oc