El habitáculo de la limusina mantuvo su hermetismo gélido hasta que los neumáticos frenaron en seco en el garaje subterráneo del edificio del Upper East Side.
Carter no había aflojado la presión de su brazo alrededor de mi cintura durante todo el trayecto sobre el puente de Brooklyn, como si temiera que el menor milímetro de distancia permitiera que la tormenta exterior o la sombra de Liam Vance volvieran a rozar mi traje sastre.
Subimos en el ascensor privado en un silencio denso, asfixiante,