El frío de la noche se colaba bajo la sudadera de Ana como dedos helados, pero la mano de Alberto, que ahora envolvía la suya con una suavidad que contrastaba brutalmente con la furia de minutos antes, era el único ancla en medio de la tormenta.
—Ven —murmuró él, la voz cargada de una urgencia que no admitía discusión—. Vamos a un lugar seguro. No aquí. No en medio de la calle.
Ana dejó que la guiara. Sus dedos entrelazados eran cálidos a pesar de todo. No sabía si podía confiar en él —no del to