Ana sintió que el suelo se inclinaba. No contestó.
Marina con mucha calma, fue a la cajonera de la recamara y extrajo algo de encaje rojo, diminuto, y lo dejó caer sobre la mesita como quien tira una carta ganadora.
—¿Por qué mis pantis están aquí? —dijo, sin alzar la voz— ¿Algo más?
El silencio que siguió fue tan denso que dolía.
El pecho le subía y le bajaba con lentitud; la venda improvisada se había teñido otra vez de oscuro.
Marina se acercó un paso más.
Ana tragó saliva. Sentía la gargan