Capítulo 11
El aire de la noche era un filo helado. Frente a ella, Alberto extendía su mano, los dedos temblorosos, como una súplica silenciosa. Sus ojos, cargados de una tormenta que ella no podía descifrar, parecían rogarle que viera más allá de la violencia, más allá de las palabras venenosas de Marina: “Es un asesino, cariño.” Ana, con el corazón en la garganta, sentía el peso de su propia duda, un veneno que se mezclaba con el eco de la agresión en la camioneta: las manos ásperas, el aliento rancio, el