El aire de la noche era un filo helado que se clavaba en la piel. Frente a ella, Alberto extendía la mano, los dedos temblorosos, como una súplica silenciosa que lo desnudaba por completo. Sus ojos, cargados de una tormenta que Ana aún no lograba descifrar, parecían rogarle que viera más allá de la sangre, más allá de las palabras venenosas de Marina: Es un asesino, cariño.
Ana sentía el peso de su propia duda como un veneno que se mezclaba con el recuerdo reciente de la camioneta: manos ásperas