La habitación era ordenada: libros apilados en una esquina, una guitarra apoyada contra la pared, una botella de whisky a medio vaciar sobre una mesa. Todo en él parecía gritar contradicciones: violencia y ternura, peligro y redención.
—Alberto, te dije que debíamos ir al hospital —insistió Ana, su voz temblando de frustración mientras lo acomodaba contra las almohadas.
La sangre seguía goteando, formando un charco oscuro en las sábanas.
—Nada de hospitales —respondió él, su voz áspera pero fir