La habitación era un santuario de contradicciones silenciosas. Libros apilados con cuidado en una esquina, una guitarra apoyada contra la pared como si esperara una melodía que nunca llegaba, y una botella de whisky a medio vaciar sobre la mesa, testigo mudo de noches que Alberto prefería olvidar. Todo en ese espacio gritaba la misma dualidad que lo definía a él: violencia y ternura, peligro y redención, un hombre que podía matar con las manos y curarse con las mismas.
—Alberto, te dije que debí