CAPÍTULO 212 — De vuelta a casa y nuevos horizontes
El momento del alta, que debería ser un alivio, se sentía más bien como un abandono. Caminaba hacia la salida con paso lento, apoyada en el brazo de Catalina, mientras Fátima empujaba una silla de ruedas vacía que ahora parecía burlarse de sus brazos también vacíos.
Isabella se detuvo justo antes de que las puertas automáticas se abrieran. Miró hacia atrás, hacia el pasillo que conducía a los ascensores y, en última instancia, a la UCI Neonatal donde Victoria quedaba atrás, conectada a monitores que pitaban rítmicamente en lugar de latir contra su pecho.
— No se imaginan lo que me cuesta salir de aquí sin ella —susurró Isabella, con la voz quebrada. Sentía un dolor físico en el pecho, una especie de tirón invisible que la unía a su hija y que dolía más que la cicatriz de la cesárea.
Catalina le acarició el brazo con ternura.
— Lo sé, mi amor. Es antinatural. Pero recuerda lo que dijo la doctora: cada día que pasa allí es un día que