CAPÍTULO 200 — Código rojo
El pasillo de urgencias de la Clínica Materna del Valle se había transformado en un túnel blanco y aséptico donde el tiempo no se medía en minutos, sino en latidos acelerados y respiraciones contenidas.
Catalina estaba sentada en una silla de plástico duro, con la mirada perdida en las puertas batientes por donde se habían llevado a su hija hacía veinte minutos. Sus manos, arrugadas por el tiempo y el trabajo, temblaban sobre su regazo, estrujando un pañuelo de tela