CAPÍTULO 200 — Código rojo
El pasillo de urgencias de la Clínica Materna del Valle se había transformado en un túnel blanco y aséptico donde el tiempo no se medía en minutos, sino en latidos acelerados y respiraciones contenidas.
Catalina estaba sentada en una silla de plástico duro, con la mirada perdida en las puertas batientes por donde se habían llevado a su hija hacía veinte minutos. Sus manos, arrugadas por el tiempo y el trabajo, temblaban sobre su regazo, estrujando un pañuelo de tela que ya no servía para secar más lágrimas.
Fátima regresó de la máquina dispensadora con un vaso de agua en la mano. Se movía con una rigidez autómata, obligándose a mantener la compostura porque si ella se derrumbaba, Catalina se iría con ella.
— Tome, Catalina —dijo Fátima con voz suave, arrodillándose frente a la mujer mayor—. Beba un poco. Necesita hidratarse.
Catalina tomó el vaso con manos inestables y dio un sorbo minúsculo, como si el agua fuera arena.
— Esta hija mía… —susurró Catalina,