CAPÍTULO 199 — La caída y el reloj de arena
El estacionamiento subterráneo de Fuentes Moda se había convertido en una cámara de eco para el dolor de Isabella. Sentada en el suelo frío de hormigón, con las piernas entumecidas y la visión borrosa, sentía que la vida se le escapaba por una grieta invisible. El eco de la risa de Bárbara aún rebotaba en las paredes, mezclándose con el zumbido ensordecedor de su propia presión arterial disparada.
— Mamá… —volvió a gemir, aferrándose a su vientre como si pudiera sostener al bebé con las manos desde afuera.
En ese preciso instante, los neumáticos de un automóvil chirriaron al tomar la curva de entrada del estacionamiento con demasiada velocidad. Era el coche de Fátima.
Fátima había despertado en su casa con una sensación de vacío y una nota en la mesa de la cocina que decía: "Fui a la oficina un momento. Vuelvo enseguida". El pánico la había invadido al instante. Sabía que Isabella era terca, pero no imaginó que arriesgaría tanto. Condujo rom