CAPÍTULO 198 — El veneno de la víbora
La casa estaba en silencio. Su madre, Catalina, dormía en la habitación de huéspedes. Isabella se levantó con sigilo, moviéndose despacio para no hacer crujir el suelo de madera. Sabía que lo que estaba a punto de hacer era una locura, una imprudencia que le costaría un regaño monumental de Fátima y probablemente otro de la doctora Almirón, pero su mente no le daba tregua.
— Solo será una hora —se prometió a sí misma mientras se cepillaba los dientes—. Entro, recojo los bocetos finales, firmo las autorizaciones de pago y me voy antes de que llegue nadie.
La noche anterior, había logrado convencer a duras penas a Fátima de que la dejara regresar a su propio apartamento bajo la estricta vigilancia de Catalina. Fátima había accedido a regañadientes, con la condición de que el reposo comenzara de inmediato. Isabella había mentido, o al menos, había omitido la verdad: necesitaba cerrar el ciclo en la oficina para poder descansar en paz. No podía dejar