El notario carraspeó, sacando un pergamino arrugado de su maletín, mientras el abogado y el médico asentían, dispuestos a respaldar cualquier mentira que se les pagara por repetir.
William no respondió de inmediato. Dejó que Edward se ahogara en su propio exceso de confianza. Observó cómo colocaba el supuesto testamento sobre la mesa, desplegándolo con un gesto teatral, como quien revela la carta ganadora en una partida amañada.
—Aquí está la prueba —dijo Edward, golpeando con un dedo manchad