Amelia llegó a la mansión con el corazón apesadumbrado, sabiendo que lo que tenía que hacer no sería fácil. La mansión, imponente y llena de ecos de antiguas conversaciones, se erguía ante ella como un testamento de su propio fracaso. No sabía cómo iba a enfrentarse a William, o si siquiera tenía el derecho de hacerlo. Sin embargo, algo dentro de ella le decía que debía intentar, aunque fuera una vez más.
Su intención original había sido hablar con William, explicarle, disculparse. Pero en