La noche cae pesada sobre la mansión, pero en el interior del dormitorio todo arde.
William cierra la puerta detrás de él, y en un instante tiene a Isabel contra la madera, sus bocas chocando con una necesidad desesperada. No hay palabras esta vez, no las necesitan. La lengua de William invade su boca, robándole el aliento, mientras sus manos recorren su cuerpo como si quisiera memorizar cada centímetro de su piel.
Isabel gime bajo su toque, arqueándose contra él. Sus dedos tiemblan al desaboto