La calma en la mansión se rompe con un alboroto que nadie esperaba ver. Hombres uniformados recorren los pasillos con pasos firmes mientras Edward, altivo hasta el último momento, es finalmente apresado. Sus manos, acostumbradas a controlar, ahora están esposadas, y su arrogancia se desmorona ante la evidencia irrefutable de sus crímenes.
—¡Esto es un error! —gruñe Edward, resistiéndose mientras los guardias lo conducen fuera de la biblioteca que tantas veces creyó controlar—. ¿Creen que hice t