—Hola, Isabel. Espero que estés disfrutando la estancia.
Amelia se estrujó las manos con nerviosismo. Isabel notó el gesto y cubrió las manos de ella con las suyas, intentando transmitirle algo de calma. Era su boda, después de todo. Debería disfrutar el día.
Isabel apretó los labios. Recordó la suya… y lo desagradable que había sido. No le gustaba pensar en ese día en particular, aunque todo lo demás —los preparativos, la emoción, incluso los nervios previos— lo conservaba con cariño. Nadie