El camino a Hampshire había sido largo y agotador. Habían pasado un par de días en tránsito, y el cansancio se reflejaba en cada gesto de Isabel. Lady Grayson no lucía mejor. Días atrás había asegurado que, por ningún motivo, se perdería el evento del año —después del de su sobrino, por supuesto.
Los empleados de la finca aguardaban su llegada con las habitaciones impecables y todo dispuesto para la boda del Vizconde de Linley.
El carruaje se detuvo y, de inmediato, un criado colocó el es