—¡No voy a hacerlo más, Edward! —gritó Amelia, con los ojos encendidos por una mezcla de rabia y dignidad herida—. Estoy harta de ser tu rata. Harta de buscar entre papeles y traer información como si no tuviera alma. ¿Para esto me hiciste volver?
Edward cerró la puerta con suavidad, pero sus pasos al acercarse a ella eran todo menos tranquilos.
—Baja la voz —advirtió—. ¿Quieres que alguien nos escuche?
—¡Que escuchen! ¡Que todos sepan lo que eres! —Amelia lo enfrentó, altiva, con las manos temb