Amelia no se movió por un largo rato. El silencio de la habitación era tan espeso como el veneno que aún sentía en la garganta. El cuerpo le temblaba, pero no por miedo. Era otra cosa. Era rabia, vergüenza… y una tristeza que pesaba como plomo.
Se apoyó en el borde del diván, con la espalda rígida, los ojos fijos en la puerta que Edward acababa de cerrar tras de sí.
¿Qué demonios hacía allí todavía? ¿Por qué seguía dejándose arrastrar a ese pantano cada vez más oscuro, más frío?
Una carcajada se