La lluvia caía en cortinas de acero sobre el complejo industrial. Cuatro sombras se movían entre los contenedores oxidados. Mikael iba en cabeza, flanqueado por Bjorn. Eirik caminaba en el centro, vibrando con una energía contenida que hacía que las gotas de lluvia se evaporaran antes de tocar su ropa. Thorsten cerraba la formación, con los ojos clavados en su guantelete.
—Maldita sea —susurró Thorsten, deteniéndose en seco—. Se acabó.
—¿Qué pasa? —preguntó Mikael, levantando un puño para detener al equipo.
—Las cámaras térmicas... son un bucle —dijo Thorsten, pálido—. Llevo diez minutos guiándoos por un pasillo vacío, pero mis sensores de eco dicen que hay respiraciones ahí delante. Muchas. Victoria ha usado tecnología de La Junta para hackear mi señal.
—¿Estamos ciegos? —preguntó Bjorn, desenfundando su espada de titanio negro.
—Peor —respondió Thorsten—. Estamos en una ratonera. Saben exactamente dónde estamos.
En ese instante, las luces del almacén se encendieron con un zumbido ce