La lluvia caía en cortinas de acero sobre el complejo industrial. Cuatro sombras se movían entre los contenedores oxidados. Mikael iba en cabeza, flanqueado por Bjorn. Eirik caminaba en el centro, vibrando con una energía contenida que hacía que las gotas de lluvia se evaporaran antes de tocar su ropa. Thorsten cerraba la formación, con los ojos clavados en su guantelete.
—Maldita sea —susurró Thorsten, deteniéndose en seco—. Se acabó.
—¿Qué pasa? —preguntó Mikael, levantando un puño para deten