Eirik llegó a la sala principal. El olor a pescado podrido y sangre antigua le revolvió el estómago. Y allí estaban.
Victoria Thorne estaba de pie sobre una pasarela elevada. Tenía a Aurora agarrada por el pelo, con un cuchillo de sierra oxidado presionado contra su garganta. Aurora estaba golpeada, sucia, y tenía los ojos hinchados de llorar. Pero cuando vio a Eirik, dejó de luchar.
—Eirik... —susurró ella. Pero no había esperanza en su voz. Había despedida. Sabía la verdad sobre su origen. Se sentía sucia. Se sentía indigna.
—Suéltala, Victoria —dijo Eirik. Su voz estaba extrañamente calmada. El aire alrededor de él empezó a vibrar.
Victoria sonrió. —El Príncipe ha venido. El Dios Niño. Victoria apretó el cuchillo. Un hilo de sangre bajó por el cuello blanco de Aurora. —Dime, Eirik. ¿La amas? ¿Amas a la hija de la asesina que intentó destruir a tu familia?
—La amo —dijo Eirik sin dudar—. Es mi vida.
—Qué poético —se burló Victoria—. Pero el amor es una debilidad, Eirik. Mi hermano m