Nacidos en la Guerra

El zumbido mecánico del montacargas al ascender se sentía como un taladro en el cráneo de Elena. Cada vibración del suelo metálico enviaba una descarga eléctrica a través de su columna vertebral, directo a su vientre endurecido.

Estaba de rodillas sobre la rejilla fría, con las manos empapadas en una sustancia pegajosa y caliente que no era suya. A su lado, Tor tenía la piel grisácea, los ojos en blanco.

—Tor, escúchame —jadeó Elena, sacudiéndole el hombro con la poca fuerza que le quedaba—. ¡No te atrevas a cerrar los ojos!

El gigante apenas gruñó, un sonido gorgoteante.

—Si te mueres aquí... —Elena apretó los dientes cuando una contracción le retorció las entrañas, obligándola a soltar un gemido agudo—. Si te mueres, juro que resucitaré tu cadáver solo para que Rose pueda matarte ella misma. ¿Me oyes? ¡Piensa en Rose!

El montacargas se detuvo con un golpe seco. El aire gélido de la superficie irrumpió en el hangar, cortante como cuchillas. Elena arrastró a Tor hacia la furgoneta de
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