El zumbido mecánico del montacargas al ascender se sentía como un taladro en el cráneo de Elena. Cada vibración del suelo metálico enviaba una descarga eléctrica a través de su columna vertebral, directo a su vientre endurecido.
Estaba de rodillas sobre la rejilla fría, con las manos empapadas en una sustancia pegajosa y caliente que no era suya. A su lado, Tor tenía la piel grisácea, los ojos en blanco.
—Tor, escúchame —jadeó Elena, sacudiéndole el hombro con la poca fuerza que le quedaba—. ¡N