El desayuno posterior al juicio político había comenzado con un aire engañosamente ligero. Había torres de tortitas, jarra de café humeante y una sensación de victoria flotando en el ambiente. Pero la mente de Stella no entendía de pausas; para ella, la paz solo era el intervalo necesario para analizar la siguiente catástrofe.
Thorsten, sentado a su lado, le acercó el tarro de mermelada de arándanos, rozando deliberadamente su brazo con el suyo. —Deja de pensar tan fuerte, mi amor—murmuró él, con esa voz grave que siempre le provocaba un escalofrío en la columna—. Puedo oír tus engranajes chirriar desde aquí. Cómete el bacon.
Stella ignoró la comida. En su lugar, ajustó sus gafas y clavó sus ojos analíticos en él. —No estoy pensando, estoy procesando datos. He pasado la noche revisando los archivos biológicos que me diste sobre vuestra especie. —¿Ah, sí? —Thorsten soltó una risa baja, echándose hacia atrás en la silla y cruzando los brazos sobre su ancho pecho. Una sonrisa divertida c