Emma encontró a Eirik en el gimnasio subterráneo. Estaba golpeando un saco de boxeo reforzado con placas de titanio. No usaba guantes. Cada golpe abollaba el metal. Estaba sudando, liberando la frustración física para no tener que lidiar con la emocional.
—Vete, Emma —dijo él sin dejar de golpear—. Es peligroso estar cerca de mí cuando estoy así.
—De eso se trata, ¿no? —dijo Emma, cruzándose de brazos y quedándose plantada en la puerta—. Tienes miedo de ser peligroso para mí.
Eirik detuvo el puño a milímetros del saco. Se giró, respirando agitadamente. —No tienes idea de lo que soy capaz. Viste lo que hice en el salón. Viste lo que hice con Victoria. Mi energía es... inestable. Destructiva. Se miró las manos. —Para darte la inmortalidad de la manada, tengo que morderte, Emma. Tengo que romper tu piel e inyectar mi esencia directamente en tu sangre. Papá lo hizo con mamá y fue doloroso pero seguro. Pero si yo lo hago... si pierdo el control un microsegundo... podría freír tu sistema ne