Emma encontró a Eirik en el gimnasio subterráneo. Estaba golpeando un saco de boxeo reforzado con placas de titanio. No usaba guantes. Cada golpe abollaba el metal. Estaba sudando, liberando la frustración física para no tener que lidiar con la emocional.
—Vete, Emma —dijo él sin dejar de golpear—. Es peligroso estar cerca de mí cuando estoy así.
—De eso se trata, ¿no? —dijo Emma, cruzándose de brazos y quedándose plantada en la puerta—. Tienes miedo de ser peligroso para mí.
Eirik detuvo el pu