La habitación estaba en penumbra, iluminada únicamente por los monitores médicos que emitían un pitido rítmico y suave. El aire olía a ozono, como el ambiente justo después de que cae un rayo muy cerca.
Elena abrió la puerta con suavidad y se hizo a un lado. —Está ahí —susurró.
Aurora entró con pasos vacilantes. Ingrid se quedó en el umbral, abrazándose a sí misma, incapaz de cruzar la línea invisible que separaba su mundo de penitencia del mundo de la realeza.
En la cama king-size, Eirik parec