El silencio que siguió al sonido del teléfono fue más pesado que la nieve que cubría el techo destrozado de la cabaña. No era un silencio de paz, sino el vacío que precede a la caída de la guillotina.
Mikael sostenía el dispositivo con una mano manchada de hollín y sangre ajena. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que apretaba el metal, como si deseara triturar la tecnología entre sus dedos. Pero no lo hizo. Sus ojos, dos pozos de oro fundido que apenas contenían a la bestia interior, no se apartaron ni un segundo de Ingrid. La mantenía clavada en su sitio solo con la fuerza de su mirada depredadora.
—Habla —ladró Mikael. La orden no fue humana; fue un gruñido gutural que vibró en las paredes de madera, haciendo que el polvo bailara en el aire frío.
Hubo una pausa, un siseo de estática, y entonces, una voz emergió del altavoz. No era la voz metálica de una grabación. Era una voz viva, ronca, antigua como las raíces de los pinos que rodeaban el refugio. Una voz que todo l