El silencio que siguió al sonido del teléfono fue más pesado que la nieve que cubría el techo destrozado de la cabaña. No era un silencio de paz, sino el vacío que precede a la caída de la guillotina.
Mikael sostenía el dispositivo con una mano manchada de hollín y sangre ajena. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que apretaba el metal, como si deseara triturar la tecnología entre sus dedos. Pero no lo hizo. Sus ojos, dos pozos de oro fundido que apenas contenían a la bestia inter